domingo, 29 de julio de 2007

A Fernando López

Por Roberto Bustamante

(In memoriam)

Para el tiempo del ajedrez,
Todo lo fuiste.
Para el espacio en el tablero,
Lo fuiste todo.
Para el movimiento de los trebejos,
El universo encaminó tu mano.

La velocidad de tus jugadas, rápidas y lentas,
Eran la circunferencia, principio y fin,
La reflexión, un monólogo.

Fuiste Segismundo de Calderón de la Barca,
Fuiste Hamlet de Shakespeare.
Como shakesperiano que eras,
aún lo eres, lo sigues siendo,
Tuviste un encuentro con el maestro Inglés,
Se estrecharon la mano cósmica.

Y conversaron del rey Lear,
de montescos y capuletos,
Del amor entre el veneno y la espada,
en la mañana en que Romeo, desnudo,
contempló, desde la ventana,
La naturaleza escueta e igualmente desnuda,
Antes de partir hacia la muerte o hacia la vida.

Eras carcajadas, disertador, maestro del diálogo,
Y excelente mamador de gallo.
Tu último alumno de la dialéctica ajedrecística
Fue Mesa Jr.
Después, aquella fuerza de la vida se fugaba.
Wilson su médico y amigo se lo dijo;
Sereno escuchó el diagnóstico.

Las copas existenciales de su mano,
Expresaron diálogos pletóricos,
Como amante de la tertulia.

Lector panzudo, religioso y triste,
Permíteme contarte un relato,
Para que lo digieras o lo vomites.

Fernando trascendente,
Cualquier mañana se despidió.

Sus libros en las cajas y en sus manos,
Lo acompañaron por el sendero de despedida.
Una hemorragia infame
ahogó la llama del gran conversador.
Su hermana lo esperaba…
Más…

Un romance súbito,
Su amiga, la que siempre fue,
Allí iba a morir, pero…
Iría a ser fugaz el momento,
Pero existencial.

Y por entre las flores hiperbóreas,
Y los cartuchos de colores ideales,
Viajaban dos seres:
El uno, hacia el infinito,
y la otra, hacia el éxtasis,
adormecida por las circunstancias.

Eras el gran rebelde,
Eras Teodoro en Ibis,
Alonso esperado por Beatriz
en el monte de las ánimas.
Era la gran mujer que lo acompañó en el desenlace.

¿Te llamo un sacerdote?
¡No…, por favor!
Déjame vivir los segundos plenamente,
Pronto descansaré,
De esta danza de ilusiones…

Eras el extranjero de Camus,
El combatiente con la vida
y con la muerte en su agonía

Después… después…
Las aguas se llevaron
las cenizas hacia el mar,
Para encontrarse con Alfonsina Storni,
Y juguetear con ella,
además de los habitantes de las aguas.
Conservaste el número telefónico
de quien escribe un elogio,
por siempre, al amigo.