lunes, 20 de agosto de 2007

Ajedrez y voluntad de poder

Por Jacques Sagot

Peón cuatro rey. Los relojes han sido puestos en marcha, y comienza a correr la sangre sobre el tablero. Los sesenta y cuatro escaques de la misteriosa cuadrícula serán el campo de batalla donde los dos contrincantes se trenzarán durante horas en la contienda sin tregua y sin misericordia de sus simétricas armadas. Duelo de voluntades, esgrima del intelecto, sublimación espléndida de la sed guerrera del hombre, transformada en lúdica lid, en juego de apariencia engañosamente inofensiva. La atroz violencia sicológica del ajedrez.

Esa insidiosa crueldad con que el jugador ejerce su supremacía táctica, esa refinada perversidad con que procede a ejecutar a su rival en el final de juego, son elementos que en vano buscaremos en ningún otro deporte. A su lado el rugby y la lucha libre, con toda su explosiva visceralidad, adquieren un aire poco menos que caritativo. Porque la derrota del intelecto es infinitamente más humillante que la derrota del cuerpo, y acarrea para quien la padece una especie de muerte sicológica que ningún otro deporte inflinge a sus perdedores.

Los jugadores están frente a frente. Los ceños fruncidos, los labios contraídos, crispados los músculos, como fieras prestas al salto. Cuánta ferocidad, bajo esa máscara de afable urbanidad que el sombrío cavilador esgrime para estrechar la mano de su rival! Cada jugador guarda bajo doble llave sus pensamientos, y adopta una actitud inescrutable de esfinge, mientras intenta leer sobre el rostro de su adversario las íntimas reacciones que sus jugadas van provocando. Miradas que horadan la piel y taladran los huesos, ojos que se abren paso hasta el sanctasánctorum del rival para descifrar su estrategia y conjurar sus designios. El puño viril de la razón intenta entretanto domeñar el nerviosismo, la ansiedad, el odio y la sed de venganza contra el rival. Tratar de mantenerse a toda costa en esa esfera indolora y desapasionada de la forma pura, de la fría abstracción: he ahí una de las claves sicológicas del combate. Parafraseando el dicho infantil, el ajedrez es un juego donde "el que se enoja pierde". La supresión sistemática de la emoción es, no menos que en el caso del soldado o el gladiador, parte fundamental de la disciplina del ajedrecista.

Por un lado, los jugadores "posicionales", como Capablanca, Petrosian y Karpov, cuyo juego, conservador e inocuo en apariencia, va envolviendo a sus rivales con la gradual, inexorable lentitud de una boa constrictor, y donde la asfixia de la víctima sobreviene como consecuencia de la acumulación de pequeñas ventajas parciales. Por el otro, los jugadores "combinatorios" como Tahl, Fischer y Kasparov, cuyos sacrificios e intercambios fulgurantes de piezas abren el juego hacia perspectivas insospechadas, hacen trizas los libretos de los rivales, y desafían las estipulaciones de la gris teoría. Es el altísimo nivel de riesgo de sus jugadas lo que confiere el estilo de estos desmelenados espadachines esa atracción propia de los saltos mortales sin red de protección: la gloria vibra al unísono con la posibilidad del más estrepitoso desastre. Fascinante, cómo aún en el ajedrez podemos discernir la pugna entre el temperamento clásico y el pathos romántico. Y qué decir de los eternos rivales, de los binomios inmortales: Alekhine y Capablanca, Botvinik y Smislov, Karpov y Kasparov, adversarios que, después de compartir cientos de horas frente al tablero terminan por necesitarse el uno al otro, por amarse con ese amor que no es sino el reverso del odio más enconado y brutal?

Como todo deporte, el ajedrez sublima el instinto de territorialidad y hegemonía física de los hombres. Es, en última instancia, una manifestación más de lo que Nietzche llamara "la voluntad de poder", uno de los impulsos primordiales de la sique humana. Resta averiguar si tal impulso no es, a su vez, síntoma apenas de un síndrome aún más profundo: la sed del amor. Los hombres creen codiciar el poder, cuando en realidad solo quieren ser amados. Fama, riqueza y supremacía son trasuntos no más de su nostalgia de amor. La necesidad que experimentan de ser admirados y aún temidos no es sino una manifestación, por demás torpe y patética, de este anhelo fundamental. El poder, sí, pero el poder que confiere el amor: he ahí lo que en realidad ambicionan. Pero no nos vayamos ahora por estos andurriales, porque esto, mis pacientes lectores, será el tema de otro artículo.