miércoles, 5 de septiembre de 2007

Poética del ajedrez

Composición y escritos tácticos


Por Adolfo Vásquez Rocca


Apertura.

Este apartado tiene un plan secreto y diversos niveles de lectura, funciona como una metáfora acerca de la vida, la inspiración y la belleza.


I
Aproximación Estética y Sociológica a la Teoría de los Juegos de Lenguaje

Tal como lo indica Ortega en El Origen Deportivo del Estado (1) todas las instituciones comienzan como deporte, de modo tal que es posible derivar del espíritu del juego la mayoría de las Instituciones que ordenan a las sociedades o las disciplinas que contribuyen a su gloria. El derecho, por ejemplo, entra sin discusión en esta categoría: el código enuncia la regla del juego social, la jurisprudencia la extiende a los casos de litigio y el procedimiento define la sucesión y la regularidad de las jugadas. Nadie podrá, en tanto quiera participar en el juego, violar las reglas, si lo hace estará jugando otro juego. Al hacerlo ya no juega el juego sino que contribuye a destruirlo, pues las reglas, que son constitutivas de tal o cual juego, existen sólo por el respeto que se les tiene. Por ello negarlas es al mismo tiempo inventar las normas futuras de otro código, es instaurar un nuevo juego, el cual aunque vago en sus inicios emancipadores rápidamente se volverá tiránico, intentando domesticar la audacia y prohibir la fantasía sacrílega. Toda ruptura que quiebre una prohibición acreditada esbozará ya otro sistema, no menos estricto y –a la vez– no menos gratuito.

El juego es gratuito y espontáneo, encuentra placer en su sólo ejercicio, en la prodigalidad absurda. Constituye un paréntesis que nos sustrae de la compulsión productiva y socava el Sistema que entroniza la razón instrumental.

Así pues, el que juega busca la sola gloria y belleza de una victoria bien habida. El juego es libertad e invención, fantasía y disciplina al mismo tiempo. Todas las manifestaciones importantes de la cultura son, como he señalado, tributarias del espíritu del juego –al respeto a la regla– así como al desapego que éste engendra y mantiene.


II
Composición y escritos tácticos.

Volvamos al símil enunciado al inicio. Como lo ha señalado Wittgenstein, “el ajedrez no consiste solamente en empujar figuras de madera por un tablero” (2).

El problema de ajedrez puede considerarse como una obra de arte que ha sido realizada con elementos del juego y revestida de cualidades estéticas. El problema del ajedrez puede definirse como una posición de piezas en el tablero, dispuestas a embellecer una idea, o tema de mate en un número determinado de jugadas que se anuncia de antemano.

Los caracteres esenciales de la materia ajedrecística y la fantasía de los compositores han determinado que, entre otras, las cualidades que debe reunir el problema en general son la belleza y la elegancia; cualidades que se aplican al fondo y a la forma. Los elementos que otorgan belleza son: las jugadas imprevistas y las combinaciones inesperadas –los sacrificios– la agudeza en la concepción de las ideas generatrices del problema y el ingenio empleado para desarrollarlas, esto es, la economía para realizar la idea temática con los elementos estrictamente necesarios, evitando el barroquismo, excluyendo todo lo superfluo.

Otro elemento que embellece una idea es su originalidad. Según el enfoque clásico, tal o cual variante de apertura tenían una determinada clasificación, un leitmotiv del que nadie se atrevería apartarse. Tarrasch o Capablanca jugaban de cierta manera una línea de Gambito de Dama, y así había que jugarla. Una variante tenía determinada reputación y esa reputación podría modificarse a medida que avanzase la teoría, pero siempre bajo la premisa de que “en la variante X las blancas tienen que atacar en el flanco de dama” o “en la variante tal las negras tienen una posición sólida haciendo esto y lo otro”. Sin embargo, con el enfoque poético aquí propuesto, que ha tenido entre sus más brillantes exponentes al genio temperamental de Bobby Fischer, los jugadores más audaces han incorporado a su mente una enorme versatilidad, lo que les permite luchar en cada apertura prácticamente sin prejuicios o ideas preconcebidas: están listos para cambiar sus ideas sobre la variante si se conjugan factores nuevos y extraños. Donde antes se producía un ataque directo por sistema, ahora pueden cambiarse damas “sólo” para entrar en un final superior, o quizá aceptar un peón “envenenado” para mantenerlo en una defensa heroica, basada en colosales conocimientos teóricos.

El ajedrez no es un mero ejercicio de lógica. Lo que cuenta es el impulso. Un plan puede ser perfecto y estrellarse una y otra vez contra la voluntad superior del enemigo, contra su conciencia superior del juego. Todos los grandes campeones han tenido sus “bestias negras”. Tal perdía con Korchnoi. Bronstein con Spasski, Spasski con Stein.

¿Cómo definir el asunto de la “bestia negra”? Si inyectamos al juego nuestra conciencia volitiva, nuestro impulso, la absoluta certeza de que vamos a ganar, que no hay defensa posible contra nuestro plan: la estrategia deja entonces el lugar a la inspiración, a la belleza y sorpresa de una táctica y las piezas se mueven por el tablero como predestinadas a la victoria, sin que nada pueda detenerlas.

Este punto está controlado por el enemigo. No hay problema, no lo está realmente para mis piezas. No hay puntos débiles en la posición enemiga; sí las hay para mis bravas huestes. Mi alfil, mi caballo, hasta mi dama, pueden sacrificarse en la más romántica de las muertes para dar paso al peón justiciero que dará mate en la séptima fila.

Nada hay más saludable que jugar ajedrez sobre bases puramente emocionales. Obsesionarse con uno de los caballos de tal modo que toda la estrategia se ordene a protegerlo. En el tablero no cabe ser sino decididamente impulsivo y original, hasta la más brillante de las victorias o la más romántica de las derrotas (3).

Sin embargo, esto quiere decir que la victoria, y todo lo que ella comporta en tanto consecuencia de un conflicto, no es un imperativo. Más bien, esta actitud apunta a desplazar la confrontación a un segundo o tercer plano, situando a la emoción y la sensibilidad en una posición privilegiada y articuladora del curso del juego; con lo cual las elecciones y decisiones que mueven las piezas por el tablero se hacen inciertas, permitiendo al juego desplegar dimensiones insospechadas. Esta capacidad polisémica que puede asumir el ajedrez lo emparenta con el mítico cine de Raúl Ruiz y la alternativa que éste representa ante el paradigma narrativo industrial, cuestión que de la que me ocuparé en otro artículo.


1. ORTEGA Y GASSETT, José, El origen deportivo del Estado, OC II, 607-624 (1924).
2. KENNY, Anthony: Wittgenstein; Ed. Alianza, pág.193, refiriendo a WWK p. 104. (Ludwig Wittgenstein und Wiener Kreis. Ed.Basil Blackwell, 1967. Notas taquigráficas tomadas por F. Waismann).
3. En Artículo Paradojas, autorreflexividad y huelga de los acontecimientos, Prof. Dr. Adolfo Vásquez Rocca. En Prensa.


adolfo vásquez rocca
Viña del Mar, Chile. 1965.
Doctor en filosofía.

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